martes, 23 de febrero de 2016

35 AÑOS DEL 23 F

 La mayoría de los personajes claves de aquella jornada histórica han desaparecido de la escena política o han fallecido, pero cuando llega la fecha aún rememoran lo acaecido aquel día, a pesar de la fragilidad de memoria que tienen los españoles con los sucesos políticos.

A 18.23 horas, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero irrumpió al frente de 200 guardias civiles en el hemiciclo, donde se votaba la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo. Tejero, sentenciado a 30 años de prisión por un delito de rebelión militar, fue el último de los condenados en salir de la cárcel, en la que permaneció quince años y nueve meses, y es de los pocos golpista que continúa vivo:

MI VECINO "el golpista" (EL PAÍS)
Viví en Madrid entre 2002 y 2006, mientras estudiaba la licenciatura en Filosofía en la Complutense. Hasta entonces había vivido siempre en México, donde nací, y conocía poco España, de visitar a mi familia durante algún verano. Educado en un colegio de exiliados republicanos en la Ciudad de México, y criado al fragor de las discusiones sobre el franquismo sostenidas por mis abuelos, mis nociones de la historia política española, sin embargo, se detenían en los años oscuros de la posguerra, y muy poco sabía yo sobre la transición democrática y aquel célebre intento por sabotearla.

«Tendrás un vecino notable», me dijo mi abuelo, «el cabrón ese de Tejero, que vive en el departamento de abajo»
Mi abuelo tenía un departamento en la glorieta de San Bernardo, en los edificios Princesa, y tras unos meses de negociaciones me permitió ocuparlo. «Tendrás un vecino notable», me dijo con su característico sarcasmo, «el cabrón ese de Tejero, que vive en el departamento de abajo».
Me acostumbré a verlo a veces en el elevador, o atravesando el patio principal de la comunidad, o entrando por el portón de Santa Cruz de Marcenado. Pero Tejero no era el vecino que más destacaba en los edificios Princesa —construidos en 1975 como viviendas para militares— sino yo: el único extranjero, el único joven, el único estudiante entre una población más bien envejecida y más bien conservadora.
No hice muy buenas migas con los vecinos, pero uno de los porteros del edificio me adoptó como confidente. Había sido guitarrista de Raphael durante los años 60, como demostró con orgullo llevándome varias fotografías en las que se lo veía junto al cantante —que hoy luce más joven, milagrosamente—. Ese portero era el encargado de llamar a la policía si algún coche sospechoso se detenía junto a la entrada: un edificio de militares retirados, con un habitante de tan infausta memoria como Tejero, era presumiblemente un blanco apetecible para la ETA, según me explicó.
A lo largo de esos años me dediqué a mirar obsesivamente las imágenes del fallido golpe, fijándome especialmente en el rostro de mi vecino, en su postura corporal mientras apuntaba la pistola hacia los diputados. Paralelamente, me obsesionó también la idea de saber más sobre la vida de Tejero en el presente. Intenté en vano obtener información a través del portero, a quien sólo le interesaba rememorar sus tiempos con Raphael. (No fue sino hasta que leí, años después, el estupendo libro de Javier Cercas, Anatomía de un instante, que di por satisfecha mi curiosidad en torno al bigotudo señor del departamento de abajo.)...

Quizás no fue tan buena idea revelar la identidad de mi vecino durante la única fiesta que organicé
Quizás no fue tan buena idea revelar la identidad de mi vecino durante la única fiesta que organicé ahí. Desde mi percepción extranjera, jamás hubiera sospechado que aquel suceso de 1981 despertaría aún reacciones violentas entre un grupo de universitarios que ni siquiera habían nacido en aquel entonces. Pero mis compañeros de jolgorio parecían vivir en un presente ampliado que incluía no sólo algunos episodios de 1981, sino también algunos de 1936, y la noticia de que a pocos metros dormía Tejero inflamó sus alcoholizadas imaginaciones. «Vamos a despertarlo y le pegamos de hostias», propuso el más osado. Desde luego, la épica de hacer justicia excitó también mis emociones de veinteañero, pero no quería perder el derecho a vivir en aquel piso, así que procuré calmar los ánimos y convencí a mis amigos de que en vez de confrontar al golpista podíamos mandarle mensajes con aviones de papel desde el balcón. Confiaba en que el estado etílico de la reunión entorpeciera la maniobra y que ninguna amenaza de muerte alcanzara el balcón de Tejero. Pese a ello, escribí yo mismo un mensaje, de intención más bien paródica, y lancé mi avioncito de papel. Decía solamente “Que se sienten, ¡coño!”
Nunca dejó de sorprenderme que la Historia y mi vida cotidiana se entrelazaran de un modo tan insospechado. Los protagonistas de la Historia, pensaba, pertenecían a un mundo paralelo, donde soportaban el castigo de su éxito o su fracaso rodeados exclusivamente de prohombres y villanos, jamás de anónimos lectores de Descartes como yo. Por el contrario, mi vecino golpista era un jubilado más de los muchos que me miraban con recelo en el elevador, lamentando en silencio que su inmaculada patria se hubiese degradado al punto de permitir que un joven mexicano viviera, como un espía, entre ellos.
Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) es autor de En medio de extrañas víctimas (Editorial Sexto Piso).





Jaime Milans del Bosch, capitán general de la II Región Militar, que impuso el estado de excepción en Valencia, el general de división del Ejército de Tierra, Alfonso Armada y el Jefe del Estado Mayor de la División Acorazada Brunete, José Ignacio San Martín, son algunos de los ya fallecidos.

El presidente en funciones en ese momento, Adolfo Suárez, y el que iba a ser investido también han muerto, así como otros protagonistas: el secretario general de la Casa de Su Majestad el Rey, Sabino Fernández Campo, el vicepresidente del Gobierno y teniente general del Ejército, Manuel Gutiérrez Mellado, el secretario del PCE y único diputado que permaneció sentado, Santiago Carrillo, o el presidente de Alianza Popular, Manuel Fraga.
El presidente en funciones en ese momento, Adolfo Suárez, y el que iba a ser investido también han muerto, así como otros protagonistas
Cuando media España oyó en la radio o vio la televisión la irrupción de Tejero en el Salón de Plenos y su grito de "todos al suelo", el presidente del Congreso era Landelino Lavilla y llamaba a votar al diputado socialista Manuel Núñez Encabo.

Todo el mundo recuerda a Gutiérrez Mellado, que se fue hacia ellos y fue zarandeado por Tejero, mientras varias ráfagas de subfusiles acribillaron la cúpula del hemiciclo y Suárez intentaba socorrerle. Horas después, tres escuadrones con blindados ocupaban las instalaciones de RTVE en Prado del Rey, por lo que TVE no informa sobre lo que ocurría y Radio Nacional sólo emitía música, hasta que a las 21.00 los militares se retiran.
Una imagen para resumir un país y un siglo: Tejero irrumpe en el Congreso de los Diputados, el 23-F de 1981. EFE

Heridos y evacuados

Los héroes y antihéroes de aquella jornada están muy presentes en la memoria colectiva, pero quizás no recuerden tanto que dejó algunos heridos y evacuados. Ocho diputados -Fernando Sagaseta, Asunción Cruañes, Gabriel Cisneros, José Antonio Trilla, Faustino Múñoz, José Rodríguez, Francisco Javier Sanz y Francisco Vázquez- recibieron asistencia por parte de los también diputados y doctores Donato Fuejo y Carlos Gila, así como por la médico Carmen Echave, que estaba en la tribuna de invitados y atendió a varios de ellos.
De los heridos, Cruañes, Muñoz, Rodríguez, Vázquez y Cisneros fueron conducidos a centros hospitalarios
Además, ella salió del Congreso a por medicinas y volvió con información para los diputados. Los lesionados sufrieron contusiones o heridas a causa del tiroteo inicial, del rebote de los casquillos o del desprendimiento de cristales y escayola.

De los heridos, Cruañes, Muñoz, Rodríguez, Vázquez y Cisneros fueron conducidos a centros hospitalarios, aunque éste, después de ser asistido por primera vez, se incorporó a su escaño y fue desalojado de nuevo por sentirse indispuesto otra vez. El senador David Pérez Puga también fue desalojado, mientras que el diputado Jesús Aizpun se negó, pese a que padecía afecciones cardiacas.

También tuvieron que ser atendidos tres invitados, que sufrieron cortes o contusiones en el tiroteo inicial. Precisamente con los tiros y su número ha habido polémica en estos años, ya que algunos han desaparecido y otros han aparecido debido a las diversas obras que se han practicado en el Palacio.

En las del verano de 2013 "desaparecieron" cinco impactos, pero se descubrieron otros ocho, lo que viene a ser una ráfaga de metralleta de los hombres de Tejero. Los técnicos del Congreso señalaron que había ocho tiros de más y constataron que ya no estaban diez de los impactos originales.

En un detallado informe fechado en diciembre de 1981, el arquitecto conservador del Congreso contabilizaba 37 impactos, ahora quedan 35, entre ellos, esos ocho que no se conocían hasta ese verano. La respuesta a esa "perdida" sería las sucesivas obras que se han llevado a cabo en el hemiciclo en esos años, ya que desde 1988 se han acometido importantes remodelaciones del Salón de Plenos.